Mercury Rev llegaron a la sala Changó de Madrid con la excusa de homenajear el aniversario de ‘All Is Dream’. Se marcharon dejando claro que los homenajes, en sus manos, son otra cosa.

De las trece canciones que conformaron el repertorio, solo cuatro pertenecían al disco supuestamente celebrado. El resto fue un viaje sin red por su universo más ruidoso, eléctrico y experimental. Quien esperase una reproducción fiel del álbum debió de preguntarse, en algún momento, si no se había equivocado de sala.
Antes de que estallara todo, Sandy Bell regaló media hora de calma. La cantautora estadounidense, afincada en Woodstock y con colaboraciones junto a Jeff Buckley y Bat for Lashes en su trayectoria, salió acompañada únicamente por Jeff Lipstein tras un teclado Novation. Dream pop desnudo, atmósferas envolventes y una voz de registros impresionantes. Algo de Kate Bush flotaba en su forma de abordar cada canción, con ecos de neo folk y una sensibilidad cinematográfica que cerraron con un homenaje a Leonard Cohen. Una actuación corta, elegante y que mandaba directo a investigar su cancionero. Fue, sin saberlo, el último remanso de paz de la noche.
Porque cuando Mercury Rev tomaron posiciones, el escenario cambió de golpe. Desde los primeros acordes de “The Funny Bird” quedó claro que Jonathan Donahue y los suyos habían venido a otra cosa. Sean “Grasshopper” Mackowiak convirtió su guitarra en una fábrica inagotable de distorsiones, acoples y feedback. En momentos parecía que Kevin Shields se hubiera colado en el escenario con intención de sabotear una sesión de grabación de Phil Spector.
Marion Genser construía desde los teclados y sintetizadores el esqueleto del espectáculo, con líneas graves que suplían la ausencia de un bajista convencional. Jesse Chandler completaba el entramado de texturas desde otro juego de teclas y, ocasionalmente, el saxofón. Al otro lado, Joe Magistro impartía una lección de contundencia desde la batería. Y en medio de todo, Donahue. Incombustible, teatral, entregado. Alternó su voz, suspendida entre la inocencia y la melancolía, con una gestualidad extravagante: guitarra en tres momentos, un micrófono carpetovetónico y una trompeta de plástico conectada inalámbricamente a un pedal de aspecto casero.
“Hercules” y “Lincoln’s Eyes” fueron las ventanas a ‘All Is Dream’, aunque despojadas de cualquier tentación arqueológica. La segunda, con sus contrastes entre delicadeza y violencia, parecía escrita para una noche así. La versión de “She Cracked” de The Modern Lovers certificó que aquello no era una celebración convencional. Hubo incluso un guiño a “Transmission” de Joy Division durante “Dream of a Young Girl as a Flower”.
También hubo espacio para su presente. “There’s Always Been A Bird In Me”, “Patterns”, “Runaway Raindrop” y “Ancient Love”, del ciertamente difícil ‘Born Horses’ (2024), fueron quizá las composiciones más asequibles de la noche. Un disco que confirmó su inclinación hacia formas más libres y experimentales.
Pero lo extraordinario no fueron las canciones elegidas sino cómo las ensamblaron. El concierto tuvo una cohesión narrativa y una contundencia hipnótica que impedía separar una pieza de otra. La recta final, con “Tides of the Moon”, “Goddess on a Hiway”, “Holes” y “The Dark Is Rising”, terminó por desatar a un público que había transitado de la expectación al desconcierto y del desconcierto a la rendición.
En la Changó convivieron las dos caras de Mercury Rev. La que susurra a las estrellas y la que estrella una nave espacial contra el escenario para contemplar cómo arden sus restos. Ganó la segunda. Y nadie se quejó.



