Viva Belgrado entrega con ‘Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye’ su quinto álbum de estudio, un trabajo que abraza la concisión, las melodías pegadizas y un optimismo que les sienta mejor de lo que nadie esperaba.

La idea era hacer un disco de singles. Un álbum donde cada canción funcionase sola, con estribillos que se quedan y frases que se repiten camino a casa. Lo lograron. Y lo hicieron sin dejar de sonar a Viva Belgrado, que es lo difícil cuando llevas años mutando y Cándido Gálvez es el único superviviente de la formación original.
Dos nombres nuevos marcan este disco. Jaime Acosta a las guitarras y Cristina G. Sánchez al bajo, teclados y coros debutan aquí y encajan como si llevaran toda la vida. El otro factor clave es Ricky Falkner (Standstill, Egon Soda), que desde la producción empujó al cuarteto —lo completa el batería Álvaro Mérida— hacia un sonido más limpio y rico en arreglos.
El Guadalquivir funciona como doble ancla: raíces andaluzas y metáfora del paso del tiempo. Todo fluye. Arranca ‘Un andalucito más’ con contundencia y sin pedir permiso a la «policía de la coherencia» que les persigue desde el rupturista ‘Bellavista’ (20). La canción se desintegra entre golpes de batería y acoples para dejar paso a ‘Y fluye’, más pausada y atmosférica, donde Cándido borda una melodía vocal que remite a su admirado Gorka Urbizu de Berri Txarrak.
‘Demasiado pasado’ acelera con un indie rock ensoñador que alterna voces aterciopeladas y gritos marca de la casa. La letra tiende un puente entre la banda que fue y la que es ahora: el pasado sigue ahí, pero ya no pesa tanto. Justo después, ‘Calienta que sales’ los devuelve al spoken word y al desgarro de los inicios. Ese juego de contrastes define el disco entero.
La sorpresa llega con ‘Amor a 136 bpm’, una pieza melancólica y electrónica que parte de una idea de Cristina y que se entiende como prolongación de aquel ‘Más triste que Shinji Ikari’ que tanto sorprendió en 2020. Le sigue ‘Amor en Em’, una oda a la amistad fraternal sostenida por unos cuantos acordes menores y los arreglos de piano de Falkner. Pura calidez.
La segunda mitad trae los latigazos. ‘Menquitofla’ cuenta con la guitarra estratosférica de Alain Johannes (Eleven, Queens of the Stone Age, Them Crooked Vultures) como invitado de lujo. ‘El deber de ofender’ son apenas dos minutos de protesta y ruido grunge. Frente a ellas, la fragilidad de ‘Varios demonios’ y el vanguardismo de ‘Memorabilia’ equilibran la balanza. El cierre lo pone ‘Súper futuro’, con ecos a Turnover o incluso Fontaines D.C., probablemente la más popera del conjunto.
No es exactamente una colección de ‘Tragaluces’. Ni falta que hace. Lo que hay aquí es una banda que lleva años en movimiento constante y que ahora elige la luz en lugar de la oscuridad, el estribillo en lugar del laberinto. Después de un ‘Cancionero de los cielos’ que ellos mismos recuerdan casi como un accidente feliz, este disco suena a decisión consciente. A saber exactamente qué querían hacer y hacerlo. Viva Belgrado fluye, y da gusto dejarse arrastrar por la corriente.



