Alejandro G. Iñárritu estrena ‘Digger’, una película que arranca como la gran sátira medioambiental de nuestro tiempo y termina traicionando todo lo que prometía. Tom Cruise comanda el reparto con brillantez, pero ni eso salva el naufragio.

El cineasta mexicano nunca ha sido un tipo de comedias. Sus credenciales hablan de dramas adrenalíticos como ‘Amores perros’, de densidad asfixiante como ’21 gramos’, de ambición global como ‘Babel’ o de crítica social como ‘Biutiful’. Lo más parecido al humor en su filmografía era el caos controlado de ‘Birdman’. Nadie le habría puesto la etiqueta de director cómico. Después de ‘Digger’, menos todavía.
La película se vendió con carteles y tráileres que apuntaban a un parentesco directo con ‘Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?’, la sátira de Kubrick sobre la histeria nuclear en plena crisis de los misiles. Elementos tipográficos, el tipo de interpretaciones, cierto atrezo. Todo evocaba al clásico. Y durante su primera parte, ‘Digger’ cumple con esa expectativa: una catástrofe medioambiental provocada por la ambición desmedida de un millonario caprichoso, tratada con tono cáustico. No alcanza el ritmo endiablado del mejor Billy Wilder, pero funciona.
Entonces llega el giro. Iñárritu se saca de la manga un cambio de timón que lo destroza todo. Abandona el territorio de la sátira como quien huye de algo que le incomoda. Como si la comedia no fuera un registro lo bastante serio para analizar la actualidad con rigor. Como si necesitara demostrar que su película es más importante de lo que la sátira le permitía ser.
Lo que viene después es lo peor. La película se vuelve explícita donde antes era afilada. Torpe donde antes era ágil. Facilona y populista donde antes había veneno. Se nota demasiado que quiere ser grande, y esa conciencia de su propia importancia la convierte en algo repelente.
El problema de fondo no es técnico. Es de actitud. Lo que hace Iñárritu con ese giro es un desprecio a la comedia como género. Una refutación en toda regla. Como si la sátira no pudiera contener verdad, como si el humor no sirviera para desmontar el poder. Kubrick demostró lo contrario hace décadas. Wilder también. Iñárritu ha decidido que él sabe más.
‘Digger’ es la historia de una película que tenía todo para clavar el diagnóstico de una época y que eligió, voluntariamente, dejar de ser interesante. Cruise brilla. El arranque engancha. Pero cuando un director no confía en el tono que ha elegido, el resultado se nota. Y aquí se nota demasiado.


