Çantamarta abre en canal el desarraigo y la violencia invisible en ‘La esquina + violenta’

El trío presenta un álbum gestado en apenas tres meses que habla de migración, suicidio juvenil, identidad robada y la decisión brutal de traer vida a un mundo que no para de romperse.

Si ‘Pasarela’ fue el disco largo, el trabajado durante años, ‘La esquina + violenta’ es lo contrario. Tres meses a partir de enero de 2026. Sin red. Y precisamente por eso suena tan crudo. Çantamarta ha cambiado la paciencia por la urgencia y el resultado tiene la temperatura de algo que necesitaba salir ya.

El álbum nació casi por accidente. A finales del año pasado, el trío produjo en Galicia ‘Tertulia’, el disco de Fillas de Cassandra. «Va a ser uno de los discos del año», dice Luislo sin pestañear. Él mismo intentó convencer al grupo de rechazar el encargo por falta de tiempo. «Al final ganó el amor al arte y, cuando terminamos el proyecto, dijimos: ‘Bueno, listo. ¿Queremos sacar nuestro disco en 2026? Pues aprieta, papi’». Esa prisa no ensució nada. Lo limpió todo.

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Lo que hay dentro no se resume fácil. ‘La esquina + violenta’ habla de violencia, pero no solo la del crimen o la corrupción. Habla del desarraigo, de la ansiedad, de crecer demasiado rápido. «Muchos no pudimos tener una adolescencia ya que tuvimos que pensar en cómo irnos para convertirnos en adultos», cuenta Luislo. Compañeros que podían haber sido diseñadores, odontólogos o médicos y acabaron dedicándose a otra cosa porque las convalidaciones llegaron tarde. «Pasan los años y se van frustrando».

La herida más profunda del disco se llama ‘Melancolía’. Nació de un freestyle improvisado en el estudio y terminó arrastrando la sombra del suicidio juvenil en la diáspora. El fantasma de un amigo cercano, una promesa del béisbol nacional atrapada en el laberinto del desarraigo, sobrevuela cada segundo. «La violencia también es que, un día, tú te quieras lanzar de un piso diez», dice Luislo. «Se sigue invisibilizando el hecho de que hay gente que no aguanta esas vainas y, aun viviendo mejor, un día se cansan del desarraigo». Hay pocas letras en el indie reciente que miren a ese sitio con tanta frontalidad.

Pero el disco no se queda en lo gris. En ‘Mar Caribe’, Çantamarta recoge el testigo del poeta Andrés Eloy Blanco y sus Angelitos negros para reclamar un espacio de orgullo pardo frente a una historia que siempre pintó los altares de blanco. «Es una forma de decir que estamos ocupando un espacio que durante mucho tiempo nos dijeron que no era nuestro», explica Luislo. Hay baile, hay celebración, hay belleza encontrada a contraluz.

La portada iba a mostrar a una persona golpeada y con grilletes. La descartaron en el último momento. Pusieron un bebé en brazos. Omar lo explica así: «El bebé reconcilia. Hay gente que tiene un entorno o un trabajo violento, pero cuando está al lado de un niño esa careta se cae». Beni remata: «Es el máximo acto de pureza convertido en un desafío». La imagen conecta directamente con ‘Mi prima fue mamá otra vez’, la canción que cierra el disco con el llanto de un recién nacido tras una secuencia de canciones sobre migración, salud mental y heridas heredadas.

Al grabar en bloque, el trío convirtió el álbum en un organismo vivo. Pequeños ganchos melódicos conectan unas canciones con otras. Si ‘Pasarela’ fue su universidad, esto ha sido su catarsis. Aprendieron que si una canción se sostiene a guitarra y voz, no hace falta recargarla de capas. La prisa funcionó como filtro de honestidad.

Çantamarta ha hecho un disco que duele, que baila y que no pide permiso para hablar de lo que muchos prefieren no mirar.

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