La Casa Azul y Dani Fernández cierran el domingo del Low Festival con euforia y vértigo

El Low Festival vivió su noche grande del domingo con dos conciertos que representan dos formas opuestas de entender el pop: la felicidad desbordada de La Casa Azul y la intensidad emocional de Dani Fernández, en la primera edición del festival en Torrevieja.

Depende de a quién preguntes, el cabeza de cartel fue uno u otro. Ambos tienen razón. Fernández congregó a una multitud considerable a una hora todavía temprana. La Casa Azul ofrecía la producción más ambiciosa del cartel, pero salía de madrugada, cuando parte del público ya había emprendido el regreso al coche desde el Parque Antonio Soria. Al fin y al cabo, el lunes se trabajaba.

Antes de que llegaran los platos fuertes, Depresión Sonora sacó adelante su repertorio de ritmos mecanizados y letras melancólicas a plena tarde, peleando contra el sol. Un horario que no les favorecía. Pero ese contraste hizo que la transición a Sidonie resultara todavía más brutal.

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Lo de Sidonie fue puro espectáculo. Salieron al escenario cogidos de la mano, en fila, todos con shorts en plan boy band. Los bailes de Axel Pi mientras tocaba la batería merecen un capítulo aparte. El repertorio estaba plagado de himnos, pero el grupo sacó tanto partido de los gags como de la música: un falso destape, Marc Ros bajando a la pista y subiéndose a hombros de un colaborador, una conga espontánea de personas sobre los hombros de otras y unas cartulinas con la letra de una canción en guiño al mítico vídeo de Bob Dylan. Musicalmente, la euforia de ‘Fascinado’ y el mash-up de ‘Et puc odiar més’ con ‘Just Like Heaven’ de The Cure fueron los momentos más altos.

Dani Fernández llegó con un montaje espectacular de estética industrial y casi apocalíptica. Una enorme estructura metálica con forma de sol y un gigantesco ojo en su interior presidía el escenario. La imagen impactaba nada más verla. Durante el concierto reconoció que había sido uno de esos días en los que había necesitado «mirarse al espejo» y recordarse que merece todo lo que le está pasando. Su repertorio apostó por la emoción sin frenos, con melodías llevadas al límite y una actitud rockera que por momentos podía resultar impostada, aunque el público compró cada gesto.

El reto de La Casa Azul era distinto: levantar a un público que llegaba a la una de la madrugada y aguantaría hasta pasadas las dos. Lo consiguieron. Literalmente cada canción fue un subidón, cada estribillo una explosión de felicidad. Nunca se había visto tanto confeti disparado tantas veces en un mismo concierto. Una gran pantalla LED proyectaba un universo de planetas, galaxias y colores vibrantes mientras los músicos se distribuían sobre plataformas iluminadas. Guille Milkyway, como si acabara de aterrizar de otro planeta, fue adrenalina constante.

Sin aparentes concesiones al futuro ‘Fauna y flora subacuática’, el setlist apostó por maximizar la felicidad compartida. ‘El momento más feliz’ fue el instante más emocionante. ‘Podría ser peor’, el más coreado. El cierre, inevitable: ‘La revolución sexual’ y ‘Nadie nunca pudo volar’. Desde ‘El momento’ el concierto ya no perdió fuerza.

Esta primera edición en Torrevieja no buscó arriesgar. Buscó seducir al público lower de siempre y convertir un recinto desconocido en algo familiar. La mezcla de pop y rock que definió el cartel encontró en su noche de domingo la mejor versión posible: un Dani Fernández lidiando con el vértigo de su propio éxito y una Casa Azul que demostró, una vez más, que es prácticamente imposible salir de uno de sus conciertos sin un chute de alegría.

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