Declive debuta con ‘El Final de Occidente’, un disco que desborda etiquetas

El quinteto valenciano Declive publica su primer álbum largo, ‘El Final de Occidente’, once canciones en treinta y ocho minutos que confirman todo lo que sus dos EP previos dejaban entrever. Y lo superan.

Se nota el tiempo de cocción. Los dos trabajos anteriores sirvieron para que la banda afinara un lenguaje propio, y aquí ese lenguaje estalla en múltiples direcciones sin perder nunca el hilo. El disco arranca con “A partir de hoy”, donde la voz de Irina Navarro evoca inevitablemente a Isa Cea y a Triángulo de Amor Bizarro. Pero dura poco la comparación. A mitad del tema irrumpe un saxo que tuerce el rumbo hacia territorios cercanos a Okkervil River o al post-punk curtido en el Windmill londinense.

Y a partir de ahí, buena suerte intentando encasillarlos. “Creure”, el único corte cantado en valenciano, destila una épica fulgurante que conecta con aquella generación canadiense de Stars. “Música para los parques de la capital” aplica un shoegaze cegador que borra cualquier etiqueta que creyeras tener clara. Cada canción abre una puerta distinta. Ninguna repite el esquema de la anterior.

¡BIME Bilbao en marcha!Cartel por días y todo lo que pase
🔴 En directo

Hay una veta ensoñadora que entronca con el universo de sellos como 4AD. “Deseo fugaz” sintoniza con Cranes o Cocteau Twins. “No hablar de ti” se mueve en esa misma sensibilidad pero con un pie puesto en los últimos La Plata. Los paisanos Gazella asoman como referencia cercana en esa forma de digerir atmósferas etéreas sin renunciar a la pegada. Son ecos, no copias. Declive los metaboliza con personalidad.

Luego llega “Alguien juega a mirarnos” y el disco se disloca. Post-punk caótico con un punto no wave, como si James Chance se hubiera colado en el estudio. El saxo esquizoide vuelve a aparecer, esta vez con intención de arrasar. Es el momento más arriesgado del álbum y funciona precisamente por eso.

Pero si hay que señalar una cumbre, esa es “Desaparecer (¿qué has soñado?)”. Un estribillo extraordinario, un cambio de ritmo que sacude y un tratamiento de guitarras que puede recordar tanto a Nilüfer Yanya como a Sonic Youth. Es la pieza que justificaría el disco aunque el resto fallara. Que no falla.

La producción corre a cargo de Truman Fernández, conocedor de la escena valenciana por sus trabajos con Bernal y Color Sound. Su mano se nota en el equilibrio del conjunto. Once temas, treinta y ocho minutos, ninguno sobra. Heterogéneo y coherente a la vez, que es exactamente lo más difícil de conseguir en un debut.

‘El Final de Occidente’ tiene margen de mejora, como cualquier primer disco. Pero lo que hay aquí dentro es un álbum que no concede un solo instante al aburrimiento y que sitúa a Declive en un lugar donde las comparaciones se agotan antes que las canciones. Eso, en un panorama donde tantas bandas se conforman con sonar a una sola cosa, vale mucho.

La música indie, en tu WhatsAppNoticias, discos y conciertos en el canal de Escena Indie. Gratis y nadie ve tu número.
Unirme al canal

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *