El nuevo álbum de Teenage Fanclub, ‘Do Not Dare To Dream’, llega con la misma caligrafía impecable de siempre y una preocupante ausencia de alma.

Hay algo peor que un disco malo. Un disco tibio. Un disco que suena a lo que debe sonar, que cumple con cada casilla del canon y que, aun así, no te mueve un milímetro de la silla. Eso es lo que pasa con ‘Do Not Dare To Dream’. El quinteto escocés vuelve con un trabajo correcto, luminoso y completamente funcionarial.
El problema tiene nombre propio. Norman Blake, superando un divorcio y un cambio de continente, firma las canciones más deslucidas del lote. “Be With You Tonight”, “Day In The Sun”, “Somewhere To Land”. Bonitas. Educadas. Sin una sola arista que raspe. Como postales escritas con letra perfecta que no dicen absolutamente nada.
Quien salva los muebles, otra vez, es Raymond McGinley. En ausencia del añorado Gerard Love, McGinley carga con el peso creativo y responde. “Over and Over”, “Young and Wise” y “The Same Air” tienen algo que las canciones de Blake no consiguen: pulso. Pero lo gordo es “Tomorrow People”. Una canción ordenada en tres fases diferenciadas, casi una suite. Lo más disruptivo que se les recuerda desde que John McEntire reformuló su sonido en ‘Man-Made’ allá por 2005.
El contraste entre las dos mitades del disco resulta incómodo. McGinley empuja. Blake flota. Y el resultado es un álbum partido por la mitad donde la excelencia técnica convive con una pereza creativa que ya empieza a ser patrón reconocible.
Hay además un desperdicio evidente. Euros Childs y Francis McDonald, dos tipos con proyectos propios y criterio de sobra, aparecen aquí como meros acompañantes. Ninguno firma temas. Ninguno aporta su voz compositiva a un disco que la necesita con urgencia. Meter a dos músicos así en la banda y no dejarles escribir es como tener un deportivo y circular siempre en segunda.
Lo que escuece de ‘Do Not Dare To Dream’ no es que sea un mal disco. Es que Teenage Fanclub llevan años descolorándose despacio, como una prenda lavada con detergente barato. Cada álbum un poco más pálido que el anterior. Cada entrega un poco más cerca de la irrelevancia confortable. Casi darían ganas de que sacaran algo rematadamente malo, solo para ver si el golpe les obliga a resetearse.
Pero no. Ni eso. ‘Do Not Dare To Dream’ se queda exactamente donde nadie quería que se quedara: en tierra de nadie. Con una canción enorme como “Tomorrow People” que demuestra que el talento sigue ahí. Y con todo lo demás recordándote que el talento, sin hambre, no basta.



