Los hermanos D’Addario pasaron por La Rambleta de Valencia el 25 de octubre para presentar su sexto disco, ‘Look for your mind!’, y volvieron a dejar claro que en lo suyo no hay quien les tosa.

Hay algo irritante en The Lemon Twigs. Lo hacen todo tan bien que no dejan resquicio para el reproche. Ni uno. Composición, ejecución, sensibilidad melódica, cambio de registros sobre el escenario. Todo encaja con la precisión de un mecanismo que parece llevar décadas engrasado. Y los hermanos D’Addario aún no han cumplido los treinta.
El setlist de la noche dio protagonismo lógico a ‘Look for your mind!’, su disco de 2026, pero el repertorio pudo saltar entre cualquiera de sus seis álbumes sin que el nivel bajase un milímetro. Esa es la trampa: da igual qué canción elijas de su catálogo, la exquisitez está ahí. Innata, no impostada.
El momento que mejor resumió la noche fue un cambio de posiciones en el escenario. Michael D’Addario dejó la guitarra para sentarse a la batería. El batería Reza Martin empuñó el bajo. El bajista Danny Ayala se movió al teclado. Con esa reordenación bajaron revoluciones para abordar “They don’t know how to fall in place” y “A dream is all we know”. Todo fluido. Todo natural. Como si llevaran toda la vida haciéndolo en cada instrumento.
Quedó patente la diferencia de registros entre los dos hermanos. Brian es el vocalista que maneja las piezas más delicadas, las que destilan ternura sin caer en lo empalagoso. Se lo puede permitir todo, incluido un tramo acústico en solitario durante el bis donde “Corner of my eye” sonó a verdad desnuda. Michael, en cambio, domina los momentos más eléctricos, los que piden agitación y voltaje. Esa dualidad es una de las armas más poderosas del grupo en directo.
Escucharles es un ejercicio de desubicación temporal. Parecen salidos de una cápsula varada en 1973. Hay ecos de Todd Rundgren, de Badfinger, de The Left Banke, de Big Star. Power pop, sunshine pop, pop barroco. Todo convive sin costuras. Logran que 2026 suene a mentira durante hora y media.
Antes de ellos, Mod Lang calentaron el terreno con oficio. Cuarteto joven de Detroit con un único disco bajo el brazo, ‘Borrowed time’ (2026), y un power pop de manual que les encajaba como teloneros ideales. Tan vintage la propuesta que se permitieron una broma publicitaria con una botella de Sprite de litro en la mano. Descaro y coherencia a partes iguales.
The Lemon Twigs no innovan. No pretenden hacerlo. Su apuesta es otra: demostrar que las coordenadas del pop clásico siguen siendo territorio fértil si quien las trabaja tiene el talento suficiente. Y ellos lo tienen de sobra. Tanto que, efectivamente, llega a dar un poquito de rabia.



