Joe Jackson pisó por primera vez Valencia el pasado 21 de octubre. Lo hizo en La Rambleta, con un piano, una banda ajustada y un cancionero que quita el aliento. A sus 72 años, el británico no vino a pasear la nostalgia. Vino a tocar.

La visita llevaba tiempo pendiente. El concierto original estaba programado para abril de 2022 y se aplazó. Cuatro años después, Jackson por fin llegó a una ciudad que nunca le había visto en directo. Traía bajo el brazo ‘Hope and Fury’ (2026), su vigésimo primer disco, un título que le viene como anillo a estos tiempos de ruido e idiotez generalizada. Esperanza y furia. Así, sin anestesia.
Pero no se engañen: el repertorio nuevo solo ocupó un tercio de la noche. El resto fue un paseo por décadas de canciones enormes. Lógico. Cuando tienes un cancionero así, sería un crimen no tirar de él.
Arrancó solo. Él y el piano. «Is she really going out with him?» y «It’s different for girls» sonaron despojadas, con esa fragilidad que solo aparece cuando un músico se queda sin red. Poco a poco fueron sumándose los miembros de la banda: Graham Maby al bajo, Teddy Kumpel a la guitarra, Doug Yowell a la batería y Felipe Fournier a la percusión, pieza clave para dar cuerpo latino a cortes como «I’m not sorry».
Del material nuevo, «Welcome to Burning-by-Sea» funcionó con su aire intrigante. «After all this time» convenció por concisa y certera. Menos suerte tuvo «End of the pier», que Jackson presentó con una larga introducción justificándola como la mejor canción del disco. No lo pareció. Él mismo asumía con sorna que el interés del público por las canciones nuevas sería, digamos, relativo. Ese sentido del humor ácido estuvo presente toda la noche. A los 72, Jackson sigue sin morderse la lengua.
¿Y los clásicos? Ahí no hay discusión posible. El reggae afilado de «Sunday papers». La ternura de «Be my number two». El nervio new wave de «Look sharp». El latin jazz cosmopolita de «Another world». Y «Steppin out», hipnótica, elegante, con ese pulso urbano que no ha envejecido ni un día desde 1982.
El bis fue un golpe detrás de otro. Una versión de «Scary monsters (and super creeps)» de Bowie que funcionó como tributo honesto. Luego «You can’t get what you want (till you know what you want)», una canción más grande que la vida, con un groove que llenó la sala hasta el último rincón. Y para cerrar, «Home town». Solo. Piano y voz. Igual que había empezado. Hora y media de concierto que terminó exactamente donde arrancó, en la desnudez más absoluta.
Hay algo injusto en la carrera de Joe Jackson. Nunca tuvo el reconocimiento de Elvis Costello como pionero new wave. Tampoco el crédito de David Byrne o Paul Simon como explorador de sonoridades latinas. Y sin embargo estuvo en todas esas encrucijadas al mismo tiempo, a veces incluso antes que ellos. Sigue siendo un teclista extraordinario, de formación clásica, y un vocalista al que no le tiembla nada cuando defiende una canción.
Valencia llegó tarde a esta cita, pero llegó. Y lo que vio en La Rambleta fue a un músico mayúsculo que no necesita demostrar nada y aun así lo demuestra todo cada vez que se sienta al piano.



