Ezta Ilene abraza el shoegaze y el rock alternativo en su segundo disco

El trío vasco publica ‘Oroituko gara, biharko egunez’, un álbum que deja atrás parte de su post-punk inicial para sumergirse en las atmósferas del rock británico de los noventa.

Ezta Ilene ha cambiado de piel sin dejar de ser ellos. Su segundo trabajo mantiene la base oscura y estratificada que ya definía su debut, pero el territorio ahora es otro. Shoegaze, dream pop, rock alternativo noventero. Las melodías tienen más espacio. La voz respira.

El trío lo explica con naturalidad: cada miembro ha tenido su propia evolución desde el primer disco, y eso se nota. Han escuchado más, han analizado más. El resultado no es un giro forzado sino una consecuencia lógica de tres personas que digieren música por separado y luego la ponen en común en un local de ensayo.

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–días

Las referencias son claras y las asumen sin complejos. Las atmósferas de Slowdive, las dinámicas de The Stone Roses, la guitarra de Johnny Marr. Todo lo que se coció en Manchester entre los ochenta y los noventa les atraviesa directamente: desde el bajo de Peter Hook hasta la actitud cruda de dos hermanos que no necesitan presentación. La cultura musical y hasta la estética de las islas británicas les atraen como un imán.

El proceso de composición ha sido largo. Más pausado que en el debut. La vida, el trabajo y mil asuntos personales frenaron la actividad del grupo durante un tiempo. Pero la fórmula sigue siendo la misma: improvisar juntos, tocar los tres en la sala y buscar ese momento en el que todo encaja. A veces parten de un solo acorde y desde ahí construyen la canción entera.

Antes de encerrarse a grabar, lanzaron dos adelantos: ‘Bihotzez Naiz’ y ‘Ahanztura eta Adio’. Esos singles les sirvieron de impulso para volver al local con energía renovada y terminar de dar forma al disco. El objetivo era claro: un trabajo más maduro y más trabajado que el primero.

La grabación se realizó en ETEN Espazio Sonoro, con Urtzi Izar a los mandos. El método fue similar al del debut: las bases de las canciones se registraron con los tres tocando a la vez, y después se añadieron capas e instrumentos adicionales. Reconocen que empezaron nerviosos —llevaban tiempo sin grabar y venían directos del trabajo—, pero el propio estudio les devolvió la calma. Urtzi Izar, dicen, ha sido clave para encontrar el sonido: les entiende y sabe hacia dónde dirigirles.

Hay un detalle que retrata bien quiénes son. Algunos oyentes les dijeron que su primer disco costaba de pillar a la primera escucha. Este segundo, paradójicamente, puede resultar aún más esquivo para quien espere lo de antes. Las guitarras y voces filtradas por el shoegaze abren un terreno nuevo dentro de su música. Pero no componen para satisfacer una demanda de mercado. Lo dicen tal cual: lo más honesto es hacer lo que te pide el cuerpo, aunque haya bandas grandes que funcionen al revés.

Tocar juntos sigue siendo el centro de todo. Es lo que más les gusta. Mirarse mientras deciden cuándo subir, cuándo bajar, cuándo acelerar o cuándo cortar un puente. Esa conexión en tiempo real es el pilar de Ezta Ilene, y este disco suena exactamente a eso: tres personas que se entienden en una sala y dejan que la música decida su propia forma.

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