Cinebeat 2026 convierte Mérida en el mejor argumento contra los macrofestivales

El festival extremeño reunió cerca de medio centenar de actuaciones entre el 9 y el 11 de octubre, repartidas por bares, plazas, un skate park y los pies del Acueducto de los Milagros.

Hay una idea que recorre Cinebeat desde su origen: la música no necesita un recinto vallado para funcionar. Basta con una ciudad que tenga esquinas interesantes y un equipo con criterio para llenarlas de sonido. Mérida cumple ambas condiciones. Este año el salto ha sido evidente, tanto en volumen como en estructura, sin perder ese pulso artesanal que lo diferencia de casi todo lo demás.

El grueso de la programación se concentró en tres jornadas. Las calles Alvarado y Holguín, columna vertebral de la zona de ocio emeritense, funcionaron como eje de un mapa sonoro donde cruzar la calle significaba cambiar de género. Rock de raíz a un lado, rumba mestiza al otro, guitarras abrasivas a la vuelta de la esquina. Nada de bloques temáticos ni escenarios ordenados por afinidad. Aquí cada grupo encontraba su sitio y el público hacía el resto.

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Los Restos del Ébano, llegados desde Villafranca de los Barros, se llevaron el reconocimiento a Mejor Grupo Emergente. Cincuenta minutos en el Maruja Limón con canciones como «Cada barra», «Va a explotar» o «A bailar», moviéndose entre el pop rock clásico y la escritura directa del cantautor. Su primer álbum de estudio, ‘El montón de arena’, está previsto para el 23 de octubre y lleva la coproducción de Álvaro Suite, guitarrista de Enrique Bunbury durante la última década. Una carta de presentación que dice bastante sobre hacia dónde apunta la escena extremeña más allá de nombres ya asentados como Sanguijuelas del Guadiana.

Tamara Agudo debutó en el festival con una de las actuaciones más divertidas del fin de semana. En el pub Malamadre desplegó su mezcla de rumba flamenca con reggae, rock y guajira, apoyada en una sección de vientos —trompeta, trombón, piano— que empujaba todo hacia un territorio carnavalesco y cabaretero. Su disco ‘La mujer y el pájaro’ recoge bien esas señas de identidad. La única pega: haberla visto bajo techo. En un escenario al aire libre, como el del Conservatorio, aquellas canciones habrían ganado todavía más espacio.

El Relevo Alemán firmó uno de los conciertos más destacados del cartel. Su rock underground, heredero de la escena norteamericana de principios de los noventa, encajó en el Maruja Limón pese a un sonido más tosco de lo ideal. En su música conviven el lado pop de The Wedding Present con la abrasión disonante de Sonic Youth y Slint, todo filtrado por la crudeza de un formato de trío. ‘Sigrar’, su sexto álbum publicado hace un año, suena a banda que sabe exactamente lo que quiere. Canciones como «Kennedy» lo dejan claro.

Justo después, en el Malamadre, era el turno de La Joya. Dos caras de una misma moneda programadas en secuencia. Ese tipo de contrastes deliberados hablan del criterio detrás de la selección, de un cartel pensado para que las propuestas dialoguen entre sí aunque no se parezcan en nada.

Cinebeat crece. Se profesionaliza. Pero lo hace sin copiar el modelo de polígono remoto con césped artificial y colas para todo. Lo suyo es otra cosa: poner la música donde ya hay vida y dejar que ambas se contaminen. Mérida, con sus templos romanos y sus bares de toda la vida, resulta ser el escenario perfecto para eso.

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