Víctor Aparicio Abundancia, conocido como Víctor Coyote, falleció el pasado 13 de agosto a los 68 años. Se va el alma de Los Coyotes, un tipo que defendió la música latina cuando casi nadie lo hacía en el circuito independiente español y que rechazó hasta el final cualquier intento de convertirlo en reliquia.

Hace unos meses, el periodista Luis Lapuente le propuso un libro de conversaciones sobre su vida y su obra. Víctor dijo que no. Su argumento fue tan suyo que duele: «No quería ser carne de nostalgia». Defendía que la música latina, la que él siempre abrazó frente al rock, ya estaba en lo más alto. Bad Bunny como ejemplo. Y le daba igual que sus propios discos hubieran fracasado comercialmente.
Ahí estaba entero Víctor Coyote. En esa negativa. En esa forma de mirar hacia delante cuando todo el mundo te pide que mires atrás.
Con Los Coyotes dejó canciones que siguen ardiendo. «Esta noche me voy a bailar», «Mi vecinita» y la grandiosa «Cien guitarras». Al hablar de ellas, Víctor citaba irónicamente —o no— la influencia de Paco Ibáñez y Johnny Cash. Esa mezcla lo explica mejor que cualquier etiqueta.
Su compañero en la banda, el músico castellonense Ramón Godes, lo recordaba así: «Yo me había ido a Madrid para dedicarme profesionalmente a la música, pero me costaba mucho encontrar gente con gustos e ideas similares. Y con Víctor sí coincidía mucho. Me propuso producir el primer elepé de Los Coyotes. Además, eligió una canción mía para abrir el disco y como primer single. Siempre le estaré agradecido». Godes contaba también que Víctor había ido recientemente a uno de sus conciertos de guitarra sola en Madrid. Tres días después lo llamó para proponerle volver a hacer algo juntos. Ya no va a poder ser.
Pero Víctor no fue solo música. Junto al malogrado Pepo Fuentes formó el estudio de diseño Pocateja, responsable entre otras cosas del cartel del primer Galapajazz. Diseños, tebeos, cuadros. Una creatividad que desbordaba los márgenes de cualquier formato.
Lapuente recuerda haberle acompañado al club madrileño Siroco, donde Víctor presentó «Joven de cuello vuelto» con un vídeo entre divertido y romántico. Aquella noche, además, se arrancó solo con su guitarra a tocar «Debaixo dos caracóis dos seus cabelos», el clásico de Roberto Carlos. Un regalo que nadie esperaba de alguien que no se jactaba de su generosidad.
Fanático del twist, enamorado de todos los géneros latinos, Víctor Coyote llevaba décadas moviéndose en un territorio que le pertenecía solo a él. No buscaba validación. No pedía homenajes. Rechazó el libro que podría haberle hecho justicia porque consideraba que la justicia ya estaba hecha: la música que defendió había ganado la partida.
Él mismo dejó dicho, en una entrevista para Efe Eme, qué canción quería que sonara en su funeral: «Me olvidé de vivir», en la versión de Los Mavericks o en la original de Julio Iglesias. Un título que, puesto en su boca, suena a todo menos a rendición.



