El Sinsal 2026 cierra su edición entre redes de pesca, punk británico y secretos bien guardados

El festival Sinsal SON Estrella Galicia completó su edición de 2026 con el apéndice ‘Vigo + Camiño Portugués’, llevando su programación a enclaves de Vigo y Braga con un cartel que mezcló folk madrileño, punk de Birmingham, electrónica africana y la inclasificable propuesta de Blanco Palamera.

Hay festivales que compiten por el cartel más largo. Y hay festivales que compiten por el lugar más improbable. Sinsal lleva años ganando en lo segundo. Esta vez, la Nave de Rededer@s de Vigo —sí, entre contenedores y montones de redes de pesca— fue el escenario que acogió a Las Nietas del Charlie. El proyecto de las hermanas María y Raquel Rubio, ya convertido en cuarteto con contrabajista y percusionista, desplegó un folk delicado, construido sobre melodías vocales que encajaban como un guante en un espacio cargado de la nostalgia de un oficio en extinción. Pocas veces el sitio cuenta tanto como la música.

El siguiente salto fue a las instalaciones de Kaleido Logistics, en pleno Puerto de Vigo. Bloques de hormigón, grúas y la ría como telón de fondo. Ahí se plantó María Rodés en formato trío, moviéndose con soltura entre canción de autor, rumba, flamenco y pop. Un concierto bonito, vertebrado por canciones que orbitan alrededor de las consecuencias del amor y su reverso. La luna sobre la ría hizo el resto.

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El sábado, el Museo do Mar de Vigo acogió el plato fuerte respetando la norma sagrada del Sinsal: no sabes quién toca hasta que llegas. Tras una degustación gratuita de productos gallegos cortesía de ‘Galicia Calidade’, los primeros en subir fueron Blanco Palamera. El dúo santiagués formado por Manu Blanco y Xoán Domínguez llevaba tiempo sin tocar en Galicia. Lo que ofrecieron fue inclasificable en el mejor sentido: música tradicional, vanguardia, indie-pop y trazos de trap conviviendo en un mismo set. Sirvió además para defender en directo su nuevo disco “blllp” (Auto, 26). Una apertura con alma y personalidad de sobra.

Después llegó el contraste radical. Las Pili Pili Girls, desde Tanzania, montaron el concierto más descaradamente festivo de toda la velada. Perreo, electrónica, pop accesible, bajadas del escenario, poses, performances. Un cuarteto que arrastró al público hacia la celebración pura. Nada sutil. Todo efectivo.

De Birmingham aterrizaron Gans, trío joven que viene creciendo a base de girar por salas en Reino Unido. Su punk contestatario bebe directamente de The Damned y se emparenta con lo que hacen ahora Shame o DeadLetter. En el Museo do Mar fueron arrasadores: tres gamberros desatados lanzando canciones que caen en vertical sobre la yugular. Más ásperos y más reales en directo que en su disco “Good For The Soul” (Strap Originals, 26). Apunta el nombre.

El cierre del sábado lo puso Azzi On The Beat, desde Nigeria, con una sesión que cruzaba líneas de electrónica pura con texturas de raíz africana. El punto final definitivo quedó para el domingo, cuando Alondra Bentley actuó en el Real Monasterio de Oia.

Enclaves imposibles, artistas que no comparten ni género ni continente, y un público que acepta el juego de no saber qué va a escuchar. Eso es el Sinsal. El año que viene el festival cumplirá 25 años, y lo que queda claro después de esta edición es que su fórmula —cuidada, arriesgada, orientada a quien busca algo distinto— sigue funcionando sin necesidad de engordarse. Donde otros festivales acumulan, el Sinsal escoge. Y esa diferencia se nota cada vez que suena la primera nota en un sitio donde nadie esperaría un concierto.

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