Marc Gili y los suyos se despidieron de una gira de dos intensos años con casi dos horas de directo en la Sala Apolo de Barcelona. Veinte canciones, un público entregado desde el primer acorde y una promesa: disco nuevo cargado de mala leche.

No se anduvieron con rodeos. Dorian abrió con un póquer letal: «Los amigos que perdí», «La isla», «Paraísos artificiales» y «Verte amanecer», una detrás de otra. El clímax llegó antes de que nadie pudiera pedir la primera cerveza.
Ese nivel apenas bajó en todo el concierto. «El temblor», «Duele», «Dual» y una «Vicios y Defectos» que en directo crece hasta hacerse enorme, con Lisandro Montes sumando su voz a la de Marc Gili en un dúo que justifica por sí solo el precio de la entrada. La banda lleva veintidós años junta. Se nota en cómo encajan, en cómo cada uno ocupa su sitio sin estorbarse.
Hubo espacio para el desgarro. «A cámara lenta» dejó a medio Apolo cantando a coro aquello de «que no nos robe la vida los sueños». Una de esas baladas que duelen más cuando las cantas con trescientas personas al lado.
El tramo final fue puro baile. «Materia oscura» —con guiño a los Pegamoides incluido— enlazó directamente con «La tormenta de arena». La gente saltando como si no existiera el lunes. Sudor y caras de felicidad cuando se encendieron las luces.
Pero lo que quedará de esta noche es lo que Marc Gili dijo en catalán justo antes del cierre: que volverán con un disco nuevo «ple de mala llet». Toda una declaración de intenciones. Hablar en catalán como acto político, defender lo conquistado, usar el bajo gordo y las letras que remueven como trinchera. Dorian ha sobrevivido a veintidós años, a la ruptura sentimental de su núcleo duro y a todos los ciclos que entierran bandas. El Apolo sonó a punto de caramelo y la gira se cerró como se merecía. Ahora toca esperar ese disco con mala baba. Conociendo a Gili, va a arder.



