Viva Belgrado publican ‘Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye’, un álbum que marca un giro hacia la luz sin renunciar a la rabia. El grupo cordobés de post-hardcore salta de género en género con una ambición que desborda sus propios moldes.

El título ya lo dice todo. Fluir. Dejar que la vida pase sin aferrarse al pasado. Esa es la columna vertebral de un disco que se aleja de la visceridad de canciones como ‘Saturno devorando a su hijo’ para buscar algo más abierto, más respirado. No confundir con blandura: aquí sigue habiendo dientes.
‘El deber de ofender’ lo demuestra desde el arranque. Una canción sobre la vivienda escrita antes de las acampadas pero empapada del mismo hartazgo. «Cuántos más rentistas» pueden caber, se pregunta Cándido Gálvez, parodiando a quienes presumen de acumular pisos. Y en ‘Un andalucito más’, el primer single, la referencia a «varear» no es poética: habla del trabajo real del batería Álvaro Mérida con la aceituna. Política de la concreta, no de la pancarta.
Andalucía pesa mucho en este disco. El grupo ha ido dejando que lo local se cuele en su sonido, siguiendo el camino de bandas que empezaron mirando a fuera y acabaron encontrándose en casa. Los Planetas y Standstill son las referencias que asoman. En ‘Menquitofla’ el coqueteo flamenco es explícito, un gesto que funciona precisamente porque no intenta ser más de lo que es: un fogonazo puntual dentro de un álbum que no para quieto.
Las cuatro primeras canciones entregan post-hardcore sin sorpresas. ‘Y fluye’ y ‘Demasiado pasado’ incluso se confunden entre sí en las primeras escuchas. Es a partir de la quinta pista donde el disco se abre en canal. Y ahí está lo mejor y lo más discutible a la vez. Las canciones funcionan mejor por separado que en secuencia. Suenan a proyectos distintos, a ideas que no terminan de hilvanarse en un todo coherente.
Pero qué canciones. ‘Amor a 136 bpm’ es electrónica que reconcilia con el mundo. Así de simple. ‘Amor en Em’ tira del hilo indie con la misma eficacia. Y la producción junto al multiinstrumentista Alain Johannes —el hombre detrás de Eleven y Queens of the Stone Age— da a todo un poso de rock urbano que sostiene la estructura incluso cuando el disco salta de un sitio a otro.
El tema que conecta las piezas es la huida del pasado. En ‘Demasiado pasado’, la frase más desgarrada es «siempre hay demasiado pasado en mi boca». En ‘Memorabilia’, acústica y delicada, la idea vuelve con otras palabras: «el pasado es pesado, demasiado». Dos canciones que no se parecen en nada y que dicen exactamente lo mismo. Eso es cohesión emocional, aunque el envoltorio cambie.
El cierre lo pone ‘Súper futuro’, indie pop limpio, casi jangle, que echa de menos a Anguita —el histórico líder de IU y alcalde de Córdoba— mientras mira hacia adelante. Una despedida que resume bien la contradicción del disco: querer soltar lastre sin olvidar de dónde vienes.
‘Mientras el Guadalquivir fluye y fluye y fluye’ no es un disco redondo. Es algo más interesante que eso. Es el trabajo de una banda que se niega a repetirse, que prefiere el riesgo de la dispersión al confort de la fórmula. Viva Belgrado siguen en total independencia, y su ejército de fieles sigue ahí. Con razón.



