El trío nipón convirtió el pasado viernes la Sala Mon en una experiencia física. Riffs abisales, drone licuado y un público entregado desde el primer acorde para conmemorar el aniversario de su disco más emblemático.

Boris llevan décadas desafiando cualquier intento de clasificación. Han publicado una cantidad ingente de discos, pero ninguno ha alcanzado la repercusión de ‘Pink’. Exigente, incómodo por momentos, catártico en su escucha. El álbum perfecto para celebrar en directo.
La Sala Mon presentaba un lleno llamativo. Más llamativo aún: la audiencia era sorprendentemente joven para una conmemoración de tres décadas. Eso dice mucho de la salud del legado de la banda.
Wata fue el epicentro visual y sonoro de la noche. Encantadora, técnica, magnética en cada pasaje. A su lado, Takeshi empuñaba ese bajo-guitarra de dos mástiles que siempre atrae miradas, mientras Atsuo desde la batería ejercía de maestro de ceremonias con arengas constantes que canalizaban el desenfreno colectivo.
El repertorio abrió con los riffs aplastantes de “Blackout” y enseguida llegó la locura colectiva con “Pink”. Los pogos brotaron solos. Después, el viaje se hundió en pasajes de puro drone metal con “The Evilone Which Sobs”, rescatada de ‘Dronevil’, ese muro de sonido licuado que dejó a más de uno en trance con los ojos cerrados.
Lo que quedó claro esa noche fueron dos cosas. Primera: la influencia fundamental de Boris sobre toda la corriente de doomgaze actual. Segunda: el amor devoto de la banda por Black Sabbath, recordatorio de que sin ellos gran parte de los movimientos que amamos no existirían.
El éxtasis colectivo y la ovación masiva arrancaron un bis más directo, conectado con otra de sus grandes pasiones: el stoner. Para cerrar, una sudorosa defensa de “Dyna-soar”, perteneciente a su ‘Heavy Rocks’ naranja de 2002. Punto final perfecto para una noche que confirmó algo que ya sabíamos: Boris son una adorable anomalía en un panorama mediocre.
Foto: Sergio Albert



