El L.E.V. celebró su edición madrileña en Matadero con un programa que abrazó lo ecléctico como antídoto contra el agotamiento de la fórmula audiovisual. Tres jornadas, del 18 al 20 de septiembre, en las que el festival demostró que su rama en la capital sigue generando un interés que merece ser contado.

El viernes arrancó con un experimento que obligaba a cambiar las reglas. Suso Saiz planteó una escucha con auriculares de su trabajo electroacústico, un formato que exigía atención y silencio. Funcionó por partida doble: permitía captar cada detalle y, de paso, blindaba la experiencia frente al ruido ambiente de quienes confunden un directo con una tertulia.
Después llegó Kyria Libia con ‘El arrobamiento’, su proyecto de música sacra experimental. Leyó un pasaje bíblico antes de sentarse al órgano tubular, un instrumento que dominó el escenario con presencia casi fantasmagórica. Su propuesta se movió en esa frontera entre lo litúrgico y lo contemporáneo donde tradición y vanguardia dejan de ser contrarias.
Drew McDowall cerró la primera noche revisitando su ‘A Thread, Silvered and Trembling’ junto al cineasta Pedro Maia. Dos pantallas flanqueaban al escocés mientras construía capas de electrónica modular con ecos orientales. Quien conozca su trayectoria en la escena industrial británica sabe que McDowall no necesita presentación. Solo necesita espacio.
El sábado trajo el momento más impactante del fin de semana. SCHNITT —Amelie Duchow y Marco Monfardini— regresaba al L.E.V. cuatro ediciones después, esta vez como soporte sonoro de la calígrafa japonesa Aoi Yamaguchi. ‘Calligraton’, el espectáculo resultante, fue una experiencia donde la acción performativa mandaba. Yamaguchi se plantó en el escenario como una guía espiritual, invocando y trazando mientras el dúo sostenía una pulsación constante debajo. No se entiende lo uno sin lo otro. Funcionó como un ritual. Y como tal, dejó huella.
Lo que vino después no tuvo la misma suerte. Milian Mori se quedó a media frenada tras el golpe de Calligraton. Su propuesta de hipnosis repetitiva y beats aleatorios resultó plana, más volcada hacia dentro que hacia el público. Quizá el orden del programa no le hizo ningún favor.
El domingo planteó dos mundos enfrentados. Primero NAOABS, con su performance tecnológica: el japonés, vestido con traje tradicional y calzando geta con sensores, depositaba pequeños robots sobre el escenario que se convertían en generadores de sonido. Cada paso, cada impacto, alimentaba una cacofonía calculada e hipnótica. Más demostración de lo que la máquina puede hacer con el gesto humano que concierto al uso.
Y para cerrar, Kelly Moran. La pianista neoyorquina construyó un directo donde el piano preparado dialogaba con capas de electrónica paisajística. Ejecución pausada, lenguaje tranquilo, un audiovisual sencillo que casi se tragaba su figura. Hacia el final se despojó de la tecnología para tocar la reciente «Totality» y rendir homenaje a Sakamoto. Un cierre que no buscaba el impacto sino la calma. Y acertó.
El L.E.V. cumple veinte años de recorrido y su parada en Madrid demuestra que la organización ha entendido algo que otros festivales de arte digital todavía no asimilan: cuando el formato audiovisual amenaza con repetirse, la salida no es más pantalla. Es más riesgo.



