El Mad Cool ha celebrado su décimo aniversario en Villaverde con una cuarta jornada, un escenario menos y un problema gordo que resolver: los cabezas de cartel compitiendo a la misma hora en los dos escenarios principales.

La gran apuesta de esta edición era clara. Cuatro días en lugar de tres, cada uno agrupado por estilos: el miércoles para el rock, el jueves para el pop, el viernes para el indie de siempre y el sábado para los nombres más clásicos. Sobre el papel, una idea que invitaba al optimismo. En la práctica, el resultado ha sido bastante más discutible.
Porque el festival eliminó un escenario y reubicó el segundo donde antes estaba el tercero, separándolo del principal. Eso significó que todos los artistas de peso se concentraron en solo dos stages. Y ahí empezó el lío. Foo Fighters y Moby tocando a la misma hora el miércoles no es un solape menor. Es obligar al público a renunciar a uno de los dos platos fuertes por los que ha pagado su entrada.
El problema no fue solo de elección. Fue de sonido. El volumen de Foo Fighters se colaba en el directo de Moby, y esa contaminación acústica se repitió cada vez que ambos escenarios funcionaban en paralelo. Da igual lo bien que suene tu equipo si el concierto de al lado te revienta la mezcla. Esta es la gran cuenta pendiente que deja el Mad Cool 2026: no han sabido gestionar ni los horarios ni la acústica entre sus dos escenarios grandes.
Hay que decirlo también: quitar un escenario tuvo su lado bueno. El recinto se movía infinitamente mejor. Barras, baños, zonas de restauración, todo más despejado y accesible. Y hubo un acierto técnico que se notó desde el minuto uno: las pantallas gigantes del escenario principal. Enormes. Permitieron seguir los conciertos desde lejos con una calidad visual que en ediciones anteriores no existía. En lo puramente sonoro, quien se colocaba bien disfrutó de un audio impecable en todas las jornadas.
Donde la cosa se torció de verdad fue a la salida. Al terminar los dos conciertos principales a la misma hora, todo el aforo se volcaba hacia las salidas de golpe. El miércoles fue especialmente duro. Abandonar el recinto se convirtió en una odisea, y en los accesos al Metro se vivieron momentos que rozaron lo peligroso. Da igual cuántas opciones de transporte ofrezcas si no escalas las salidas. Tardar tres horas en volver a casa después de un concierto no es una anécdota, es un fallo de planificación.
La solución parece obvia: volver a alternar los conciertos entre los escenarios 1 y 2, como se hacía antes. Aunque eso implique un cartel algo más corto, al menos garantiza que nadie pague por ver artistas que luego se pisan entre sí. O recuperar la ubicación anterior del segundo escenario. Cualquiera de las dos cosas antes que repetir lo de este año.
El Mad Cool cumple diez años con músculo suficiente para seguir siendo uno de los festivales grandes de este país. Pero esta edición deja un aviso claro: más días y más nombres no sirven de nada si la estructura del recinto te obliga a elegir entre dos cabezas de cartel y encima te los mezcla por los altavoces.
