La web de Sónar amaneció este martes 27 de octubre con un logotipo sobre fondo negro, dos fechas —1994 y 2026—, la palabra Barcelona y un libro de condolencias abierto a cualquiera. «Sónar ha muerto», dice la cabecera en castellano, catalán e inglés. Ni una línea más.

La cosa no se ha quedado en internet. La esquela ha aparecido impresa en las páginas de La Vanguardia y pegada en varias calles de Barcelona. Los perfiles del festival se han vaciado por completo. En Instagram solo queda un vídeo: una corona de flores blancas colgada de una puerta de madera, flanqueada por dos pantallas que emiten un anuncio de animadoras firmado por una funeraria llamada Finisterrae S.L. Poco luto hay en eso.
No hay comunicado. No hay causa de defunción. No hay portavoz. Lo que sí hay son señales de que esto se parece más a una campaña que a un cierre real. Comprar espacio en prensa y empapelar una ciudad entera cuesta dinero y semanas de preparación. Eso no lo hace un proyecto que se apaga.
Y luego está el calendario. Sónar ya había fijado su próxima edición para el 17, 18 y 19 de junio de 2027 y abrió una preventa con entrada reembolsable hasta el 1 de marzo, aunque todavía no ha dicho dónde se celebrará. Si hay entradas vendidas para 2027, la muerte tiene un problema de coherencia.
Quedan dos lecturas sobre la mesa. La prudente: una campaña que entierra al Sónar tal y como lo conocíamos para presentar el que viene. La más ambiciosa: un cambio de verdad —de nombre, de sede o de modelo— que el festival estaría a punto de revelar. La palabra muerte, además, no es nueva aquí. En junio, El Periódico ya tituló que el Sónar de Día había muerto y que tocaba pasar el duelo. Ahora es el propio festival el que se apropia de la metáfora.
La esquela llega después de dos años que han cambiado el ADN del festival. En 2025, la compra de su matriz Superstruct por parte del fondo KKR desató un boicot por sus vínculos con Israel. Decenas de artistas se bajaron del cartel y el festival tuvo que desmarcarse públicamente. En octubre de ese mismo año se marcharon sus tres fundadores —Enric Palau, Sergi Caballero y Ricard Robles— y la dirección pasó a François Jozic, creador de Brunch Electronik. Con él llegó el cambio más visible: en 2026 desapareció la división entre Sónar de Día y Sónar de Noche, toda la música se concentró en la Fira Gran Via y Sónar+D se mudó a la Llotja de Mar.
Palau, Caballero y Robles lo fundaron en 1994 como festival de música avanzada. Dos caras durante tres décadas: el Día para descubrir, la Noche para bailar en L’Hospitalet. En 2013 sumó Sónar+D, su congreso de creatividad y tecnología, y la marca viajó a Bogotá, Buenos Aires, Hong Kong o Reikiavik. En 2017, The New York Times lo describía como una institución europea. En 2025, incluso en plena polémica, reunió a 161.000 personas.
Esa es la herencia que hoy se despide en público con flores blancas, tipografía fúnebre y un silencio calculado. Queda por ver qué sale de la tumba cuando Sónar decida hablar.



