Cora Yako y Camellos compartieron cartel en La Conservera el pasado viernes. Lo que prometía sobre el papel funcionó todavía mejor con las guitarras encendidas y la sala entregada.

Cora Yako abrieron la noche para presentar ‘Mil Pequeños Cortes’, su tercer disco. Un álbum donde las guitarras afiladas conviven con letras que miran de frente al desamor y al desconcierto del paso del tiempo. En directo, esas canciones cambian de piel. La batería hipnotiza, las guitarras se expanden y la melancolía se transforma en descarga eléctrica.
Ahí está la clave de los mallorquines. Parten de emociones que en casa invitan a quedarse quieto, pero sobre el escenario encuentran su sitio entre energía compartida y volumen. Lo que duele se canta, se grita y se baila. Las canciones nuevas encajaron con naturalidad junto a los temas que ya forman parte del ADN de la banda, sin que el ritmo cayera ni un segundo. Más que una presentación de disco, lo que dejaron fue la sensación de estar en uno de sus mejores momentos.
Después llegaron Camellos. Y las coordenadas cambiaron por completo. Si Cora Yako convierte la melancolía en electricidad, los madrileños hacen de la ironía, el descaro y las miserias cotidianas el combustible de una fiesta sin reglas. Diez años de trayectoria a sus espaldas y una gira que celebra el camino recorrido.
El repertorio repasó distintas etapas de su discografía e incluyó el adelanto de una canción que formará parte del disco con el que celebrarán esa década. El arranque fue algo más contenido, pero la actuación creció hasta que, mediado el concierto, la sala se desató entre pogos y saltos. Estribillos coreados de memoria. Dardos con puntería. Camellos saben exactamente cómo funciona su directo y no necesitan artificios para demostrarlo.
Se despidieron prometiendo volver a Galicia, tierra que sigue resistiéndose a ambas formaciones más de lo que debería. Pero el público de La Conservera dejó claro que la base de seguidores está ahí, esperando.
Una pinchada de Grande Osso cerró la noche. Los bailes no dieron tregua. La Conservera se convirtió durante unas horas en ese sitio donde todo se reduce a algo tan sencillo como compartir música, sudor y ganas de quedarse un rato más.



