La gira del 30 aniversario de OMEGA pasó por Noches del Botánico el 14 de julio con Kiki Morente y Lagartija Nick al frente de una relectura del disco que no busca homenaje, sino nueva inmersión.

«Ahora no tenemos a Enrique, pero tenemos el disco para profundizar en él», decía Antonio Arias días antes del concierto. Y esa frase lo explica todo. No hay resignación. Hay hoja de ruta. Lo que plantearon en Madrid no fue un tributo ni una reconstrucción piadosa, sino un regreso al núcleo de la obra para escarbar en ella como si aún guardara preguntas sin responder.
Kiki Morente no imita a su padre. Lo continúa desde otro lugar. Ahí está el hallazgo más interesante de esta nueva aproximación, dividida en cuatro bloques con una puesta en escena casi teatral. El arranque lo dejó claro: «Un Cantaor Debe Morir» sonó con la voz del propio Enrique, esa versión del «A Singer Must Die» de Cohen que el maestro dejó fuera del disco por superstición. Kiki cantó por encima hasta asumir la voz principal. Un testigo entre padre e hijo.
Antonio Arias, Eric Jiménez, Juan Codorníu y JJ Machuca aparecieron con máscaras lorquianas. Junto a los guitarristas Marcos Gago y Nano del Amali y un coro flamenco, abrieron con una impecable «Manhattan». A partir de ahí, un primer set de relecturas honestas: «Vals En Las Ramas», «La Aurora De Nueva York» y una «Niña Ahogada En El Pozo» con Arias al frente como tantas veces la hemos escuchado en directo con los Lagartija.
El segundo bloque fue territorio de Kiki en solitario. Sin la banda granadina, sentado junto a sus guitarristas, dio su propia versión de «Solo Del Pastor Bobo», «Adán» y «Sacerdotes». Un diálogo intergeneracional que continuaba las canciones desde otra perspectiva. Flamenco puro como reivindicación propia.
Y entonces llegó el tercer set. Colosal. La misa flamenca de «Kyrie» y el «Martinete» entre coreografías y máscaras dieron paso a la tormenta eléctrica de «Omega», esa que nos partió por la mitad la primera vez y lo seguirá haciendo siempre. «Vuelta De Paseo» estalló con su explosión final recordando que Lorca, Cohen y Enrique fueron «asesinados por el cielo». «Aleluya» convirtió el Botánico en un coro comunal. «Ciudad sin sueño», esa barbaridad llena de aristas, cerró el bloque en lo más alto.
Pero aún quedaba algo. El bis escondía un «Pequeño Vals Vienés» con Kiki y Antonio a las guitarras, interpretado desde el susurro, hasta que el chorro de voz de Estrella Morente irrumpió por un lateral del escenario. La emoción fue real. Cada persona en el recinto la sintió. Superado el respeto inicial, lo sagrado convertido en profano y el público entregado, volvió a sonar «Manhattan», ahora con Estrella como protagonista, más larga y más redonda. La noche se cerró con «Esta no es manera de decir adiós», otro descarte del disco que reinterpreta el «Hey, That’s No Way to Say Goodbye» de Cohen, y con «Dama errante» sonando entre aplausos, loas a los Morente y los bailes de la matriarca Aurora Carbonell.
Lo que demostró esta noche es que el espíritu de OMEGA admite ser habitado de otra manera. No defienden el disco de los años. Lo llevan a otro lugar. Y eso, treinta años después, es el mayor triunfo posible.
