Adrián, guitarrista de Gazella, publica en solitario un álbum instrumental y conceptual que nace de una obsesión que arrastra desde los diez años: la conciencia de que vamos a morir.

El proyecto se llama Revendless y lleva cocinándose desde que Gazella empezó a andar. Adrián fue acumulando ideas en el estudio de casa, comprando sintetizadores, aprendiendo armonía por su cuenta después de un paso por el piano que no le convenció. Creaba secuencias abstractas, sin forma. Hasta que se dio cuenta de que todas tenían algo en común: sonaban a lamento.
«Todo muy triste. Muy intenso. Como de la Segunda Guerra Mundial», reconoce entre risas en una entrevista con Mondo Sonoro. Lo que empezó como un juego se convirtió en un disco sobre cómo afrontar la existencia sabiendo que tiene fecha de caducidad. Un tema que le persigue desde niño. «A mí me pasaba ya con ocho o nueve años», explica. Su padre siempre le dice que fue un crío jovial hasta los diez, cuando se volvió taciturno. Noches sin dormir pensando en eso. Y aún le ocurre.
De ahí sale una de las frases que mejor define el disco y al propio Adrián: «A mí la música triste me pone feliz. Y muchas veces, cuando escucho música muy alegre, me pone muy triste». Radiohead, Chopin, los réquiems. Ahí se siente acompañado. Cuando salieron Vampire Weekend, tan bailables, le provocaban tristeza. Se ponía a Rachmaninov y respiraba.
El resultado es un álbum mayoritariamente instrumental que se acerca a la IDM y a lo orquestal, pero construido con sintetizadores. Solo dos canciones tienen algo parecido a un estribillo convencional. Adrián lo probó en directo durante un año y medio antes de darle forma definitiva, y el orden de las canciones está pensado para contar una historia. La primera parte es densa, casi desesperada: la toma de conciencia. La zona intermedia trae calma y aceptación, con una referencia a Lorca que conecta con lo celestial. El tramo final incluye la voz de su madre hablando sobre la familia en los años treinta, una canción llamada «Caronte» cargada de rabia, y un cierre con «Réquiem».
Cada canción necesita lo que él llama «un trozo de queso azul». Algo que te retuerza un poco. Un detalle que rompa el discurso plano y juegue con tu atención, llevándote de la intensidad a la bajada.
Entre sus influencias recientes cita a Johnny Greenwood en solitario, Floating Points, Jon Hopkins, Chet Baker y Rival Consoles. Mucha música clásica y clásica contemporánea. Se fija más en las progresiones que en el sonido. En cómo componen, no en cómo suenan.
Mientras tanto, Gazella no se ha parado. Ya están componiendo su tercer disco con Irene Ricart como nueva vocalista, sustituyendo a Raquel Palomino, que por cierto colabora en este trabajo de Revendless. El batería del grupo, Lluisen Capafons, también anda con su propio proyecto en solitario, Rey Don Perro. Cada uno buscándose por su lado sin soltar lo que comparten.
Revendless no es un capricho entre discos de Gazella. Es el sitio donde Adrián mete todo lo que no cabe en una banda de cinco. Lo abstracto, lo progresivo, lo que suena a lamento y, paradójicamente, le hace sentir bien.



