Tres sold out consecutivos en Madrid. Tres noches seguidas en Sala Villanos. Mcenroe cerró la gira de ‘La Vida Libre’ demostrando que la honestidad emocional sigue llenando salas cuando quien la maneja sabe exactamente lo que hace.

Los vascos venían a poner punto final al recorrido en directo de su último disco antes de un concierto en diciembre en Bilbao. Y lo hicieron a lo grande, aunque su manera de ser grandes no tenga nada que ver con la pirotecnia ni con los gestos ampulosos. Mcenroe llena con lo contrario: susurros, versos que duelen y una delicadeza que desarma.
La segunda de las tres noches sirvió para reivindicar ‘La Vida Libre’ como un disco que quizá no recibió en su momento el cariño que merecía. Canciones como “La Felicidad” o “Napoli” crecieron de forma descomunal sobre el escenario. “Tumbados en el Obelisco” golpeó en el pecho. Y escuchar a Ricardo Lezón susurrar «es hermoso estar aquí contigo, yo bebiendo y tú en cualquier otro lugar» en “Venta Tomás” fue de esos momentos que justifican cualquier entrada.
El setlist se repartió por discos, con especial peso de ‘La Distancia’ y ‘Tú nunca morirás’. Dos álbumes que, cada uno a su manera, representan lo mejor del cancionero de la banda. La apertura con “Luz de gas”, arreglada con una elegancia que avisaba de lo que venía, marcó el tono desde el primer acorde. “Los Valientes” levantó al público. Y a partir de ahí, los temas nuevos y los viejos se trenzaron sin costuras.
Hubo sorpresas. Tulsa subió al escenario para cantar “Tú nunca morirás”, una colaboración delicada que encajó como si siempre hubiera estado ahí. Jimena Lezón, hija de Ricardo, aportó contrastes vocales en “Asfalto (libres los animales)”, “La vereda” y en lo más parecido a un hit que tienen Mcenroe: “Un rayo de luz”. Esas apariciones no fueron adornos. Fueron parte del relato.
Ricardo Lezón sigue siendo un frontman atípico. Aparentemente parco, sobrio, casi tímido. Pero sus introducciones entre canciones tienen un encanto involuntario que arranca sonrisas y crea una intimidad rara en una sala llena. No necesita gritar. No necesita moverse como un poseso. Le basta con estar ahí, deshojando canciones como quien comparte algo que le importa de verdad.
El sonido estuvo a la altura. Nítido, cálido, sutil en los pasajes más frágiles y con músculo cuando la canción lo pedía. El cierre con “Qué queda de mí”, un rescate de sus primeros tiempos, fue agradecidamente hosco. Una manera de cerrar sin concesiones, sin bises fáciles, sin alargar lo que ya estaba dicho.
Tres noches agotadas en Madrid para una banda que no sale en portadas, que no busca el algoritmo y que lleva años construyendo algo que se parece mucho a un refugio. Que Mcenroe siga llenando salas a base de canciones que hablan bajito dice más del estado de la música en directo que cualquier cifra de streaming. Hay público para esto. Y lo que ocurrió en Sala Villanos lo deja muy claro.



