Blanca Paloma encuentra su centro en ‘Trenza mía’, un debut íntimo y con destellos brillantes

Blanca Paloma publica su primer álbum, ‘Trenza mía’, un disco que convierte el pelo en metáfora total y que prescinde con elegancia de ‘EAEA’, su carta de presentación eurovisiva, para construir un universo propio entre el neo-folclore, la electrónica y el minimalismo a piano.

El pelo como símbolo no es nuevo en la cultura pop. Lo hemos visto en la cultura ball, en los conciertos de Beyoncé, en el «ponytail» eterno de Ariana Grande, en casi todos los looks de Rosalía. En el propio Benidorm Fest, desde el helicóptero de Melody hasta la trenza larguísima de Fusa Nocta. Para Blanca Paloma es otra cosa: un «símbolo de identidad, memoria y transformación», con «cada hebra del pelo representando experiencias, vínculos y emociones que se entrelazan para construir lo que somos».

Y esa idea vertebra todo el disco. La trenza aparece como sensualidad en ‘Lo fugaz’ («tú me soltabas el pelo, yo a ti la imaginación»), como vínculo amoroso en ‘Contigo’ («até mi trenza a tu senda») y como ruptura en la canción que da título al álbum («me corté con tijeras la trenza para olvidarme de ti»). No es un recurso decorativo. Es el hilo narrativo completo.

La música de Blanca Paloma Ramos Baeza ha ido tanteando la new-age, el neo-folclore y el sonido Mecano en los singles que ha publicado durante los últimos cinco años. Ha compuesto bandas sonoras en el entorno de RTVE. Todo eso desemboca aquí de forma coherente. Su escudero desde ‘Secreto de agua’ ha sido José Pablo Polo, que la acompañó en su nominación al Goya y suele tocar en sus directos. Son prácticamente los únicos créditos del disco en composición y producción.

Juntos construyen algo intimista y bastante desnudo. El álbum arranca y termina a piano, de ‘Contigo’ a ‘Tiene tu nombre’, con letras que orbitan la ruptura y la búsqueda de sanación. «No me acostumbro a este vacío, todo me lleva a estar contigo». «El fuego abrasa y no me quema, fue su latido el que me guió». La interpretación vocal de Blanca Paloma, intensa pero contenida, carga esos textos de verdad.

Lo mejor del disco llega cuando la producción se suelta la melena. Literalmente. ‘Lo fugaz’ arranca como una canción pop-rock de La Oreja de Van Gogh y termina empapada de electrónica. ‘Sentaíta en la escalera’ parece flamenca hasta que estalla en un breakbeat con voces robóticas que recuerdan a Guille Milkyway o Daft Punk. La colaboración con Rocío Márquez en ‘Tarara loca’ sabe a poco, se queda corta de duración. Pero el momento cumbre es ‘Tu recuerdo’, una bachatita que podría sonar en una película de Pedro Almodóvar. Ahí está el disco en su mejor versión.

Quizá no haya un hit enorme aquí. Lo que sí hay es un sonido propio, construido con paciencia y sin concesiones al golpe de efecto. Que ‘EAEA’ no aparezca en el tracklist dice mucho de las intenciones: esto no es un álbum que capitalice Eurovisión, es una puesta de largo real. Y su casa es El Tragaluz, el sello especializado en neo-folclore que ya alberga a Vicente Navarro, Karmento o Calequi y las Panteras. Territorio natural.

Blanca Paloma ha encontrado su sitio. Discreto, cálido y con más capas de las que parece a primera escucha.

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